martes, 26 de abril de 2011

Diario de una aventura - 9 de junio

Una mañana más, un día más. Estamos llegando a un punto que cansa levantarse pensando en que hay que recorrer unos 250 km en moto, por tierra, dando zarpazos a nuestros agotados cuerpos con las irregularidades del terreno.
El ambiente entre nosotros sigue siendo el mismo que el del primer día, sano, con sentido del humor y sobretodo un ambiente genial de compañerismo, a pesar de que alguno declara la guerra al desaparecerle un trozo de chocolate de su parte de desayuno.
El GPS es el único elemento que tenemos con ánimos suficiente para indicarnos siempre la dirección a tomar. A lo lejos unos puntos con una estela de polvo detrás nos indica que algo se acerca. El tiempo no parece que pase, las grandes llanuras hacen difícil saber exactamente la distancia, así que todo es cuestión de seguir sin esperar el momento del encuentro. Unos minutos después nos cruzamos con cuatro motos, suavizamos la marcha dejando que el polvo repose a su lugar de origen, nos miramos y entre un paro y no paro, nos saludamos y dejamos nuestra duda atrás sacando la pierna y poniendo la burra de nuestras monturas. El ambiente motero se palpitaba sobre el terreno. Se trataba de cuatro rusos que venían de su país para realizar el mismo trayecto que ya nosotros habíamos sufrido pero en sentido inverso.
Los apretones de mano eran tan impresionantes como sus motos, como diría Fernando Alonso en su anuncio… “ese pedazo pepino”, unas motos tan espectaculares como pesadas por lo que nos hubiese gustado verlos en los terrenos por lo que pasamos en algunos momentos.



Mientras le comentábamos el recorrido que habíamos hecho ponían cara de asombro al ver que tan solo llevábamos un coche con un mecánico amañado y su hijo que además de hacerle compañía le ayudaba a bajar las petacas del techo. En ese momento llegaron sus vehículos, dos Land Cruiser y una pick-up 4×4, eran un total de 16 personas, 4 motos y 2 pilotos por cada una que se relevan cada cierto tiempo, otras dos personas de asistencia medica, 3 mecánicos, 1 fotógrafo que era conductor junto con otros dos que conducían y además eran guías del país. Se generó un ambiente simpático, incluso uno de ellos había estado de vacaciones en el sur de Gran Canaria. Esa sensación nos agradó. Fotos de rigor del grupo y a seguir cada uno su camino mientras intercambiábamos gestos de buena suerte. Algo nos decía que nos habíamos quedado un poco cortos en logística lo que hizo que al despedirnos nos quedáramos un buen rato comentando la jugada.
La última parte de del trayecto fue un descenso por una especie de canon estrecho con paredes altas a sus lados y dibujando un zigzag perfecto. Una zona donde se veía que corría el agua, sus piedras bien pulidas y la limpieza de estas dejaban claro lo peligroso del camino y lo goloso que era para algunos hasta el punto de darse un puntito competitivo. Buscar el fallo del que te precede hace que busques el hueco para colar tu rueda hasta que una piedra cruza sin mirar y es atropellada, evidentemente, una caída más se contabiliza al cerrar el día.

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