martes, 26 de abril de 2011

Diario de una aventura - 10 de junio

Nos encontramos a esta alturas pasando la noche metidos los cuatro en una tienda contando anécdotas del viaje, del presente y de los pasados, valorando lo hecho por este joven equipo con muchos ánimos y junto a sendas cervezas del país proyectando próximas aventuras. El problema de un mundo tan diverso nos hace que el debate requiera de más cervezas aun estando junto a un lago literalmente helado.
Con las frías cervezas y con un cielo estrellado, que aunque no tan sorprendente como del que gozamos en el desierto si que la ausencia total de contaminación lumínica lo hace casi igual de impresionante, lamentamos el intenso frío que trae los aires provenientes del lago que hace que no lo podamos disfrutar en toda su esencia.
Narrando el paso del día señalar que salimos de Moron, la ciudad más grande que hemos visto hasta el momento sin contar lógicamente a la capital del país, después de un calido desayuno a base de pan tostado bañado en huevo y una tortilla francesa que le permitieron hacer a nuestro cocinero. Es la primera vez que el hospedaje en un cómodo ger incluía desayuno.
El camino ya no nos sorprende en cuanto a novedades aunque si que nos sigue animando tanto sus impresionantes fotografías como la velocidad a la que hemos decidido conducir hoy. En este recorrido prima la técnica más que la velocidad. Las piedras golpeando en la llanta hacen que a más de uno le llegue esos toques al alma. Realmente no hay ganas de bajar el ritmo pero menos aún de parar a cambiar ruedas pero claro, quien le dice a un motero que baje el ritmo cuando más alegre circula.
Subir y bajar montanas es la tónica del trayecto pero en la fragor del ritmo cogido nos percatamos de que el vehiculo de asistencia no aparece y con este tampoco sus tres tripulantes: el conductor, su hijo y el primer damnificado de la aventura.
Tras esperar en la cima de una colina un buen rato y soportar para asombro de los tres motoristas que aún continuamos en pie la’’visita’’ de una vendedora de souvenir vemos llegar a lo lejos a nuestro 4X4. Este coche también es susceptible de pinchar por supuesto y desde luego que lo hizo y además a lo grande: Un corte de varios centímetros en la banda de rodadura y la advertencia de que no lleva más neumáticos nos mete el miedo en el cuerpo.
Continuamos el ritmo no obstante y por fin llegamos al punto más al norte del viaje: El lago Khosvol. Este lago de 125 km2 nos impresiona casi tanto como su parcialmente helada superficie. Por supuesto que las fotos no faltan y más teniendo un fondo con animales como yaks, vacas, caballos etc.
Como es obvio viendo el lago de esa manera y lo animado del ritmo, aún con el corazón acelerado, al gamberro del grupo (quien iba a ser si no), se le ocurre una apuesta, o mejor dos: El ultimo que entre al agua paga una ronda de cervezas y el primero que salga pues una cena. El riesgo de llegar al punto de congelación le paso por la cabeza a más de uno (la pela es la pela como diría un catalán).



Entre risas nerviosas y dudas nos desvestimos y casi sin dar el ‘’ya’’ de rigor nos vemos metidos en el agua rodeado de placas de hielo que hace que por fin la tierra mongola vea la sangre canaria correr. Lo que no ha conseguido mas de 2.000 kms de moto a velocidades de vértigo lo ha hecho un trozo de hielo.
De nuevo risas, piernas coloradas por el frío y alguna que otra sangrante, comentario sobre lo bien que se está en tierra firme y a montar las tiendas.
La primera parte de la apuesta había que cumplirla esa misma tarde-noche por lo que tras tener el lecho preparado para la fría noche que nos esperaba decidimos adentrarnos en el camino dirección norte hasta que encontramos un ger-tienda que nos vendió las 6 cervezas a precio de oro como turistas que somos: 1,80 euros al cambio por cada botella de 500cl. Un despilfarro vamos, jaja
Y ahí nos encontramos nosotros metidos en la caseta riendo y bebiendo cual acampada en los llanos de Pez en pleno invierno cuando de repente oímos el sonido más impresionante de todo el viaje. En medio de la noche el fuerte galope de una manada de caballos seguido de lo que suponemos su “pastor” cantando a capella una hermosísima melodía que llegamos a pensar que alguien había conectado los altavoces de una discoteca en la selva. Por supuesto el silencio se hizo en la tienda para disfrutar la mezcla del galope animal y la sintonía mongola. Raudos salimos al exterior pero la oscurísima noche apenas nos permitía distinguir nada a varios metros delante de nuestras narices.
Ya había que descansar: mañana comenzaría la cuenta atrás teniendo que deshacer el camino andado este día para regresar a Moron y de ahí camino a la capital.



Pero faltaba el susto del día. Cuando casi estábamos cayendo en los brazos de Morfeo el vibrar del suelo nos solivianto a todos: Se acercaba una manada de caballos que nos puso el corazón en un puño. Sabrán que estamos aquí? Nos esquivarán? Parecen cientos!!. Pero sin tiempo para avisarnos mutuamente el ruido va cesando. Qué diablos habrá pasado para que llegaran así corriendo. Qué habrá ahí fuera. Las conjeturas a gritos entre casetas era el preámbulo de un silencio hasta el día siguiente si no hablamos de la locomotora humana que viaja con nosotros y a la cual ya nos hemos acostumbrado aunque se pone en marcha cuando queremos dormir. Y después dicen que en Canarias no hay trenes.

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