martes, 26 de abril de 2011

Diario de una aventura - 11 de junio

Lo hemos conseguido, estamos en Siberia. El lago helado nos lo ha recordado durante toda la noche, en la que el frío nos ha desvelado varias veces, obligándonos a rebuscar en nuestro equipaje, buscando más prendas de abrigo que añadir a las que ya llevamos puestas dentro de nuestro saco de dormir. Es increíble! Cuando piensas que es imposible ponerte otro suéter o pantalón más, el pelete te lo hace conseguir. Ya veremos luego como te lo quitas.



Estamos lo más al norte de nuestra ruta, y toca volver. La otra opción de seguir bordeando el lago y seguir a Rusia, no entra en nuestros planes, ni lo planteamos. No sea que se nos ocurra ponernos a ello.
El día se nos presentaba a priori, como “light”. Pero un día sin aventura, no es un día para los miembros del Top Time Team, así que decidimos buscar un par de rampas y montar una corta sesión fotográfica, dando unos brinquitos con las motos. Investigamos el terreno colindante en busca del lugar adecuado y tras encontrarlo, tomamos posiciones. Vale ya!!! Estamos colocados, pero alguien deberá tomar carrerilla y salta, NO!!
Tras jugarnos a los Mongoles quien comienza, el elegido al azar, pone su motor en marcha. Engrana la primera y gas…. La luz delantera parpadea debido a la irregularidad del terreno y se acerca a la rampa a toda… bueno a algo de velocidad. Los flashes echan humo, mejor dicho los dedos que accionan la cámara, pues aún es de día y no ha saltado ningún flash. El piloto vuelve al punto de partida a comentar su hazaña (Qué tal el salto?). El que?? Pregunta alguien.. pero sino has despegado las ruedas del suelo, a todo reventar, la delantera unos milímetros la delantera. No pasaría por el hueco que dejaste con el suelo, ni una hormiga sin despeinarse, a no ser que fuese calva, claro. Que salga otro.
Ruge otro motor, se ajusta un casco, un cuello se mueve a derecha e izquierda haciendo ejercicios de calentamiento, crujen los huesos de las manos entrelazadas y un … Venga Ya!!! Se oye por ahí. Otro que se aleja, y regresa para encarar el salto, zass… La luz roja que indica el accionamiento del freno, brilla y la rueda trasera empieza a producir una polvajera en su intento de adelantar a la delantera, derrapando. Luego la luz se apaga, la moto se endereza y aparecen unos pies intentando pararla al estilo Pedro Picapiedra. Chacho, esa frenada!!!
-Es que había un bache.
Y porque no lo aprovechaste a ver si saltabas ahí, por lo menos.
Como no hay dos sin tres, una nueva moto va a por el salto. Velocidad, concentración, y zass…
Bueno, este parece que ha pasado un poco mejor. Al regreso al punto de partida, donde nos encontramos, nos larga.
-No se quejaran del salto, si hasta se me ha metido un trozo de nube en el ojo.
Menos lobos, chiquillo. Que no lo hemos visto. Repítelo
-Anda Ya, vamos a comer que con tanto ajetreo me ha entrado hambre.



Recogemos las máquinas desperdigadas por el campo, y bajo un árbol que en la base, dispone de un amplio hueco, disponemos de nuestra cocina móvil, para comenzar con los preparativos de la comida. Ya estábamos cansados de que el chofer-guía, que era el único que entendía la carta de los bares de comida que encontrábamos, pidiese a su gusto (que nunca coincidía con el nuestros, sobra decirlo).
Arroz y kepchut, para todos. Luego unos ciento veinte kilómetros, hasta la ciudad de Moron, donde nos esperaba un calido Gers, para protegernos de la tormenta de arena que se acercaba por un lado, rivalizando con la lluvia que comenzaba a caer.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Comentar: