Tras desperezarnos, un ligero desayuno a base de zumo y galletas, (hoy además hay dos sabores a elegir), vaya privilegio. Recogemos mecánicamente las tiendas y nos disponemos a comenzar la ruta prevista para hoy. Buscamos con la mirada el chucho, que no ha parado de ladrar en toda la noche –no está- posiblemente se habrá ido a dormir.
Arrancamos, los primeros metros paralelos al río, junto al cual habíamos acampado. Si antes veíamos vacas y camellos a diario, en manadas o como ganado, ahora la vista se centra en los yaks que pastan tranquilamente a nuestro paso sin inmutarse por el ruido que armamos al pasar. Estamos en las afueras de la cuidad de Karakorum, a lo lejos hacia el norte se vislumbran cadenas montañosas donde el agua fluye sobre la tierra y por debajo de ella.
El ritmo hoy es muy tranquilo, pasamos algunos kilómetros de “casi asfalto”, pues los baches y socavones se suceden en la “seudocarreterra”. Cuando abandonamos esta nos internamos en otra de tierra, donde el ritmo se vuelve mas alegre, al igual que el paisaje. Continuas subidas rumbo a una misteriosa montaña que esconde un secreto en su interior.
Vamos en una formación que podríamos definir como clásica. Un grupo de avanzadilla, formado por tres motos, un poco más atrás el coche que porta los repuestos y equipajes para a continuación y cerrando la formación, “el indio”. Oteando el horizonte, olfateando el aire, inspeccionando cualquier huella que indique la dirección tomada, susceptible de distinguir todas las especies animales y vegetales que vamos dejando atrás. Capaz de responder a cualquier pregunta que le planteamos y de comentarnos la cantidad de pinos que hemos dejado atrás, a derecha e izquierda, o incluso la cantidad total de todo el recorrido. Nos avisa de su presencia, indiferente de la distancia a la que nos encontremos, pues su grito de guerra es tan agudo como el sonido del “almirez tibetano”, que más de uno se lleva de recuerdo.
El motivo de tal llamada nos desconcierta y damos la vuelta. El caballo no sólo lo ha descabalgado, sino que también lo ha atrapado, así que acudimos en su ayuda para rescatarle. Y tras una pequeña reparación casera a su pie, nos introducimos en la montaña. Una dura trialera, tras pasar la entrada del Parque Nacional, nos recibe.
El ritmo aquí es lento y la tensión máxima. Roderas profundas formadas por el paso del agua, y raíces de árboles, que sobresalen del terreno dificultan nuestro ascenso. Las máquinas se fuerzan y elevan su temperatura, es bastante complicado seguir ascendiendo, pero metro a metro, lo conseguimos.
Ha valido la pena, bajo la inmensa roca que corona la montaña, un pequeño templo budista, nos deja ver su curiosa ubicación. Tras aparcar o mejor dicho dejar las motos, pues en el bosque los aparcamientos sobran (de momento) nos acercamos a la subida del templo. Ascendemos unos doscientos metros y cuando nuestra lengua esta a punto de llegar al suelo una puerta donde aparece un minúsculo monje budista, que no debe pasar de los doce años, sale a recibirnos (y cobrarnos la tasa, claro). Subimos, bajamos, entramos en el templo y curioseamos por los alrededores, excepto en una gruta a la cual no nos atrevemos a entrar, pues a pesar de los carteles con las indicaciones para hacerlo, el tamaño no nos convence, y decidimos dejar ese tramite para otro viaje.
Una vez deleitados con este bonito lugar, el descenso también requiere su tiempo y cautela, afortunadamente sin consecuencias, por lo que continuamos hasta el lugar donde volvimos a plantar nuestras tiendas, con la intención de lavar un poco nuestras sudorosas y polvorientas vestimentas. Sólo esto ya de por si fue toda una aventura para más de uno que se estrenaba en estos menesteres pero no me dejan describirlo……


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