Tras el periplo de cruzar Europa, hemos recalado en Asia.
Pekín, nos ha recibido con un golpe de calor, la primera impresión tras bajar del avión, es que efectivamente, hemos cambiado de continente.
Son las siete de la mañana, cuando salimos del aeropuerto, y nos dirigimos al hostal donde nos hospedamos, es limpio, y las habitaciones son agradables, si obviamos que no disponen de baño, y que para utilizar este, debemos desplazarnos unos cincuenta metros. Poco a poco nos iremos adaptando, esperemos que la situación no degenere en exceso, aunque en el desierto ya soñaremos con estas instalaciones.
Tras dejar el equipaje, y para evitar dormir, durante 24 horas seguidas, salimos a la calle, con la intención de terminar de adquirir algunas cosas, que no hemos traído en nuestro ya sobrecargado equipaje, y es que hemos tenido algunos problemillas en los aeropuertos con el exceso de peso. Es mas hemos tenido que cargar con parte del equipaje, en bolsas de mano. Pues no nos admitían que sobrepasáramos los veintitrés kilos.
Paseamos por amplias avenidas, rumbo a un centro comercial. Necesitamos adquirir unas chaquetas de cordura para combatir el frío, una vez subamos a las motos, y que también nos sirvan para protegernos de la lluvia, en caso que se produzca. Pasamos varias horas, en estos menesteres, tarea bastante ardua, no es sencillo. Aquí el idioma no es el problema, sino los precios, totalmente negociables. Toda una mañana regateando, no es nuestro ideal, pero es necesario, si deseamos no dejarnos aquí el presupuesto del viaje. Debemos hacer alguna pausa, para refrescar nuestra castigada garganta y nuestra cabeza. Regresamos al hotel, con cuatro chaquetas, mas calzoncillos que días del calendario, y todo un muestrario de calcetines.
La cama es irresistible, así que ponemos el despertador, y …….
La cama es irresistible, así que ponemos el despertador, y …….
Han pasado dos horas, y un ruido machacón, nos despierta, así que lo desconectamos y nos volvemos a dormir….
Alguien consigue salir de los brazos de Morfeo, y nos pone en movimiento, no sin alguna dificultad, y es que habituarse a un cambio de horario, no es tan fácil.
Salimos nuevamente a la calle, rumbo a la plaza de Tiananmen, coincidiendo por el camino, con un pequeño desfile militar, en concreto de dos militares. Pero según avanza el desfile, se van sumando integrantes por el camino, llegando a ser varias decenas, cuando estamos llegando a la plaza. Es la hora de arriar la bandera, y el cambio de guardia. Y hacia el centro se dirige la columna militar que nos precedía, donde se une, a varias llegadas desde diferentes puntos. Observamos desde la distancia, los movimientos que se producen en el centro de la plaza, y cuando los militares, han terminado, intentamos acceder a ella, para visitarla, con resultado negativo, pues ya no dejan entrar a esta hora. Tendremos que posponer las fotos.
Si no nos dejan hacer turismo, pues tendremos que buscar otra alternativa, que tal una comida ligera. Nos adentramos en un lugar de comidas en medio de un pequeño mercadillo. Veamos el menú. Tenemos, cucarachas empanadas, pinchito de escorpiones, y carnes inidentificables, pero todas de un tamaño, que hace suponer que el ser anteriormente vivo, del que procede, no era muy grande, ni muy habitual en nuestra dieta. Curioseamos, mientras algunos guiris paladean estos “manjares”, nosotros de momento no nos atrevemos ni a sacarnos fotos.
Nos apetece un zumo, y algo de música, y comienza un periplo de taxis y preguntas, es casi imposible hacerse entender. Tras varias vueltas por la ciudad, llegamos a una calle donde existen varios bares, pero el cansancio acumulado, hace que optemos por una rápida hidratación, y un merecido descanso. Solo llevamos quince horas en esta ciudad, pero la sensación es de llevar ya varios días, no somos conscientes de ello, hasta que un matrimonio extranjero nos pregunta, por el tiempo que llevamos en la ciudad, tarea bastante ardua de contestar. Casi no podemos creer que hallamos aterrizado esta mañana.


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