martes, 26 de abril de 2011

Diario de una aventura - 19 de mayo

El mar ó la mar, a gusto de quien mente dicho elemento líquido. Esa esencia que nos rodea a todos los isleños, y nos embriaga cuando estamos cerca. El azul resplandor, que encontramos al mirar hacia el horizonte, a nuestra espalda, a la derecha y a la izquierda, siempre nos acompaña, relajándonos, recordándonos su presencia, invitándonos a acércanos a sentir el salitre y el olor a humedad marina. Así que este fin de semana, lo hemos disfrutado en su compañía.
Y ha sido todo un logro. No era tarea fácil, buscar un hueco en la agenda, ya se por si apretada. Tumbarse en la arena, disfrutando la calidez de unos rayos de sol, mientras, la marea lamía incansablemente, una y otra vez la orilla de la playa a escasa distancia de nuestros pies. Esta vez nos reunimos bajo una pequeña duna, (preámbulo tal vez de las muchas que nos quedan por atravesar), para hablar sobre la semana que se nos avecina, posiblemente, más corta de lo que nos gustaría, para poder resolver todos los tramites que nos queda, y mas larga de lo que desearíamos, para poder comenzar el viaje.
 Al agua, hace un agradable día de sol, no demasiado intenso, pero no es cuestión de pensarlo. Nos zambullimos, y comenzamos a bracear, con una suave intensidad al principio, y luego como mayor ritmo y potencia, durante unos minutos, rumbo al horizonte. Al regreso, chapoteamos y cebamos unas olas, mientras una pareja intenta jugar a la “piragua” (variable acuática del “teto”). Sigilosamente salimos del agua, para evitar que pierdan la concentración, y el equilibrio necesario, el cual ya de por si complicado, el suave balanceo que invita a la practica no es tan acompasado como desde tierra parece, y no todo el mundo tiene la pericia necesaria, para conseguir llegar al clímax final de su juego.
Nos tumbamos nuevamente al sol, y nos dejamos llevar por nuestros pensamientos, nuestras ilusiones, y este maravilloso reto que vamos a afrontar. El mar sigue batiendo, con suaves olas, y acompasado sonido, meciéndonos, transportándonos a ese magnifico, inmenso desierto, que aun esta demasiado lejos.
Luego llegó el domingo, con un suave despertar, un paso de la cama al sofá, y un merecido reposo. Carreras televisivas de motos, películas, un copioso almuerzo, un ligero paseo, y una tranquila tarde. Cruzamos unas llamadas telefónicas, sobre el planning para el día siguiente, y a dormir…. mañana más.

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