martes, 26 de abril de 2011

Diario de una aventura - 3 de junio

La tienda de campaña se empieza a calentar y nos obliga a salir, “32 grados”. La temperatura con la que empieza el día ya nos advierte que vamos a sufrir un poco. Mientras desayunamos comentamos la cantidad de artimañas que estuvimos haciendo la noche anterior para mantener nuestras maquinas en línea mientras nos quejábamos doloridos.

Partimos en busca del pueblo que la noche anterior nos había dado plantón. A mi alrededor sólo soy capaz de ver un horizonte, que se extiende a mis 360 grados. Un terreno seco con pequeños matorrales. Si el día anterior nos habíamos dado casi por perdidos, la cosa no había cambiado mucho. Los primeros pasos los damos tras el conocedor del terreno. Con su cara curtida por el sol, sus ojos rasgados y su serenidad ante cualquier problema, toma rumbo sin tenerlo claro, pero decidido.
Mientras hacemos kilómetros, nos vamos tropezando familias en medio de la nada, con sus cuatro cosas contadas, el conocido gers, con su panel solar, donde cargan una batería de 12 voltios, para poder tener algo de luz en la noche, su oxidada parabólica (suponemos que servirá para algo, pues no vimos televisiones), y su humilde rebano, generalmente de ovejas y cabras pues sus necesidades son otras.




Topamos con gente generosa que no dudan en invitarnos a degustar un trozo de queso de su humilde ganado. Lo recibimos con agradecimiento, pero el sabor de este alimento es fuerte e intenso, tal vez demasiado para nuestro paladar.
Mientras disfrutamos también de estas pequeñas grandes cosas, llegamos a una zona de arena. Nos cambia una vez mas el paisaje por completo. Unas grandes pendientes donde asumimos que tendremos que pagar el peaje de las caídas. Nos situamos estratégicamente, esperando que alguien sea el primero en “retratarse”, así que con toda nuestra mala idea, nos colocamos cámara en ristre, para inmortalizar tan gratos momentos. Afortunadamente, “casi nadie” toca la arena, pero claro, siempre existe la ovejilla negra del grupo, que para regocijo y risas del personal , no solo lo hace por una vez, sino que repite, además, cual especialista cinematográfico, nos deleita con una patada voladora, voltereta y doble tirabuzón incluido, levantándose rebozado en arena como una croqueta.



Este trayecto es el único que existe para llegar al valle sagrado de los dinosaurios. En ningún momento pensamos que existiesen vestigios del paso de estos increíbles animales. Pero no fue así. Fósiles de dinosaurios salían a la superficie o permanecían incrustados sobre las arenosas tierras de este valle. Ascendemos para observar de cerca estos fósiles, y quedamos admirados por su tamaño, y estado de conservación. Sólo nos falto un poco de carbono 14, en nuestro equipaje, para comprobar que todo aquello no era un timo.
Después de comer en un poblado nómadas, dentro de un Gers, (no sabríamos que, pero carne había), supuestamente sopa de carne de camello.
Tras este delicioso refrigerio, nos dirigimos a las tan esperadas dunas. Estamos viviendo un día intenso de múltiples paisajes. En el horizonte divisamos, unas leves líneas amarillentas. Nos acercábamos a una tremenda cordillera de arena.

Sus primeras dunas llegaban a medir, según el GPS, unos 600m. de altura. Nada que ver con lo que conocemos como dunas, en cuanto a tamaño se refiere. Los rayos del sol hacían un atardecer dorado.

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