Si !! Ya es viernes.
No el esperado viernes de la partida. Ese que nos tiene expectantes, inmersos en los preparativos, haciendo y deshaciendo maletas y bolsos, intentando encontrar el punto adecuado a nuestra necesidad de espacio. O no nos caben las cosas o los baúles son tan inmensos que sobra demasiado sitio. Andamos rebuscando en los armarios, levantando las camas, hurgando en los rincones de la casa y mirando hasta bajo el coche, y la moto, en el garaje, para no dejar nada de lo totalmente imprescindible olvidado.
Si !! Es el comienzo del fin de semana.
Llega el momento para dejar de lado las obligaciones y disparar la mente.
Nada mejor para comenzar un agradable fin de semana, que hacerlo acumulando energía. Así que, a primera hora de la mañana, ya estábamos preparados para afrontar unos kilómetros de carrera campo a través. Nos despojamos del pantalón de chándal, y nos quedamos con unos minúsculos pantalones de footing, que dejan al descubierto nuestros muslos y gemelos, en tensión, fruto del estiramiento previo. Estamos calentando nuestros músculos, los que nos van a impulsar, durante el tiempo que disfrutemos de este placer de sentirnos libres, mientras trotamos, semidesnudos, cortando el aire, formando parte de la naturaleza y el paisaje. No pasamos inadvertidos, nos sentimos observados por los copilotos y acompañantes de los automovilistas que circulan en paralelo a nuestro comienzo de ruta.
Sin mas demora, nos ponemos en marcha, el sendero comienza paralelo a la carretera, para luego girar levemente a la izquierda, en suave ascensión, y rápidamente una estrecha vereda, con amplia pendiente, nos adentra en el barranco. Llevamos un ritmo acompasado, ligero. El calor empieza a emanar de nuestros cuerpos, minúsculas gotas de sudor, empiezan a surgir sobre nuestra frente mientras ascendemos una dura rampa, que nos llevara a la cima. Cuando alcanzamos esta, las pequeñas gotas comienzan a no ser tan pequeñas, y las camisetas se ciñen a nuestro cuerpo, como una segunda piel. Alguien ya se ha despojado de ella, y sobre su pecho brillan las gotas de sudor, que no se han quedado adheridas al algodón que las cubría, el ritmo aumenta. Hemos cubierto la mayor parte del recorrido, estamos regresando al lugar de partida, y nuestra respiración se vuelve de nuevo pausada a medida que adecuamos el ritmo, haciéndolo mas lento.
Si ó no, no valen medias tintas, tenemos que ir tomando decisiones, el poco tiempo que nos resta para subir al avión, nos obliga a ser resolutivos. Aun debemos preparar el botiquín, y los elementos que forman parte de nuestra seguridad, como las pastillas para depurar el agua y los equipos electrónicos. Tenemos un handicap, difícil de resolver; -en el desierto no existen enchufes- a no ser que pillemos alguna víbora de esas que matan por electricidad y en cuya nariz deben existir una especie de clavija, (yo nunca las he visto, que conste). Tenemos algunas alternativas, dando casi igual cual elijamos, pues tanto una como otra, van a hacer mas pesado nuestro equipaje, así que tendremos que decidir cual de ellas es la mejor, si llevar más baterías ó emplear cargadores solares. Sopesamos pros y contras, para al final acabar decidiendo -llevar las dos cosas- bonitos negociadores estamos hechos. No hay tiempo para mucho mas, quedan aun unas horas de trabajo, y de luz. Aunque alguien del grupo, ya esta pensando, en donde va a dejar de ser tan formal, y hacer el “gamberro” por unas horas, charlando, bailando y refrescándose la garganta.
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